domingo, 9 de septiembre de 2012

Córbulo

rbulo es el Sumo Sacerdote Sanguinario de los Ángeles Sangrientos, el más veterano de todos los Sacerdotes Sanguinarios y portador del Grial Rojo. Este Grial contiene la sangre de los demás Sacerdotes Sanguinarios y por consiguiente la de Sanguinius.Se usa en el Ritual de la Creación para crear nuevos Ángeles Sangrientos.
Su valor en batalla le ha hecho granjearse el respeto y admiración de todos sus hermanos de batalla. Es el guardián de los misterios de iniciación y del Grial Rojo. Se dice que ningún otro Ángel Sangriento es tan parecido a Sanguinius como Córbulo, cuyos penetrantes ojos y nobre aspecto reflejan de la forma más pura la naturaleza del Capítulo.
Probablemente sea esta perfección la que ha llevado a Córbulo a esforzarse tanto buscando una cura para la Sed Roja. En los siglos transcurridos desde su investidura, ha trabajado de forma incesante para aislar y neutralizar la Imperfección en la semilla genética de los Ángeles Sangrientos. Esta gesta le ha hecho viajar por toda la Galaxia, desde planetas de otros Capítulos de Marines Espaciales (para intentar aprender de sus Apotecarios), hasta mundos olvidados (para buscar artefactos arcanos prohibidos).
La similitud de Córbulo con el Primarca caído no es sólo física. Su sabiduría y astucia son legendarias, y sus consejos han tenido un valor incalculable en muchas ocasiones. En especial, Córbulo comparte el don de la videncia que tuvo Sanguinius, siendo capaz de discernir las abstractas pautas de aquello que ha de venir; un don que se ha manifestado de manera muy esporádica a lo largo de las generaciones de Ángeles Sangrientos. En las pocas horas diarias en que no está entregado a sus deberes para con el Capítulo o investigando la cura para la Sed Roja, Córbulo se dedica a estudiar los Pergaminos de Sanguinius, buscando combinar los datos existentes sobre las visiones del Primarca con los de sus propios episodios proféticos.
Sorprendentemente, el trabajo de Córbulo en éste campo ha dado numerosos frutos. Por ejemplo, si los Ángeles Sangrientos pudieron trasladar tan rápidamente el grueso de sus fuerzas a Armageddon tras la invasión inicial de Ghazghkull, fue gracias a las adivinaciones de Córbulo. De forma similar sin la guía de Córbulo la flota de los Ángeles Sangrientos nunca habría sabido la hora y localización exactas en las que el Crucero Demoníaco de M'kar el Renacido entraría en el sistema Baal, y por tanto nunca se le habría podido haber emboscado y aniquilado antes de que el planeta Baal fuera reducido a cenizas. No obstante, todas estas predicciones han tenido un alto coste: en los últimos años Córbulo se ha vuelto cada vez más retraído y taciturno, y su mirada ha quedado velada por una sombra difícil de disimular. Aunque los detalles exactos sobre lo que Córbulo ha aprendido de sus lecturas son uno de los secretos mejor guardados del Capítulo, sin duda dichos textos deben indicar que para los Ángeles Sangrientos lo peor está aún por venir. Sucesos tan siniestros y catastróficos, que ni siquiera predecirlos de antemano servirá de protección contra ellos.

Cervan Dante

El Comandante Cervan Dante es el actual Señor del Capítulo de los Ángeles Sangrientos, y lleva dirigiendo el Capítulo desde hace 1100 años estándar. La servoarmadura de Dante incorpora una máscara de muerte dorada muy decorada bajo su Halo de Hierro, llamada la Máscara de la Muerte de Sanguinius, que se dice que fue usada por el Primarca Sanguinius, y amoldada a sus terroríficos rasgos.
Se cree que es el Marine Espacial Leal más anciano vivo (con la excepción de aquellos Astartes mantenidos con vida por la tecnología cibernética de los Dreadnoughts, el uso de un campo de estasis u otros medios tecnológicos de alargamiento vital) pues actualmente tiene unos 1300 años estándar de edad. Su edad exacta es desconocida, y algunos miembros de su Capítulo creen que es mucho más viejo. El propio Capitán Lysander de los Puños Imperiales, que estuvo perdido en la Disformidad durante mil años, no es capaz de recordar un tiempo en el que Dante no estubiera presente como Señor de los Ángeles Sangrientos.
Fue por este motivo por el que fue elegido durante la 2ª y 3ª Guerra de Armaggedon por los demas Señores de los capitulos implicados Comandate Supremo de las fuerzas imperiales.
Se dice que nadie ha visitado tantos mundos Imperiales como él; y ha llegado a estar en lugares tan distantes como Ultima Macharia.
Solamente existe la posibilidad de que el Anciano Cleutin, el Guardián del Sanguinius, sea aún mayor. Se dice de él que es tan antiguo que era el Sargento Veterano de la Escuadra de Exploradores cuando Dante fue reclutado para el Capítulo.
Dante es muy conocido por todo el Imperio por el importante papel que jugó en las Guerras por Armageddon, especialmente en la Segunda Guerra. Dante y sus Ángeles Sangrientos dirigieron a los Marines Espaciales de refuerzo a la Colmena Acheron, donde expulsó a los Orkos atacantes y capturó al herético Gobernador Planetario Herman von Strab. Sin los refuerzos de los Ángeles Sangrientos, la Colmena Acheron podría haber caído ante los Orkos, y con ella, las restantes opciones de victoria del Imperio y su control sobre este estratégicamente importantísimo planeta.
Cuando la Tercera Guerra por Armageddon dio comienzo, Dante estaba demasiado lejos para cumplir su anterior juramento de defender el planeta de cualquier nuevo intento de los Orkos por tomarlo. En su lugar, envió al Capitán Erasmus Tycho y su 3ª Compañía para dirigir la defensa del planeta.
Se dice que segó innumerables cabezas de Orko en la Liberación de Canau y que mató al Devorador de Almas Skarbrand en las puertas del Inmaterium, aunque la verdad sólo la conoce él mismo, y nunca habla sobre tales eventos.
También se sospecha que, muchos siglos atrás, fue él el Sargento a cargo de los 12 Marines Espaciales que tenían la imposible misión de asaltar la barcaza Garra del Terror, una nave de los Amos de la Noche, y acabar con la vida del Señor de los Amos de la noche como castigo por sus infinitas transgresiones.
El enemigo los superaba en número varios centenares de veces, pero el Sanguinor apareció para bendecir a aquel Sargento y acto seguido liquidó a gran parte de los Amos de la Noche, haciendo posible el éxito de la misión.
Se dice que el Comandante Dante está agotado tras siglos de presenciar guerras y muerte constantes, y que sólo le queda un objetivo por cumplir. Sanguinius predijo antes de su muerte a manos de Horus que un "Guerrero Dorado" se alzaría entre el Emperador de la Humanidad y su destrucción. Muchos estudiosos imperiales han asumido que esta profecía se refería al propio Sanguinius, que se enfrentó a Horus a bordo de su nave insignia, la Barcaza de Batalla Espíritu Vengativo, durante la Batalla de Terra.
Sin embargo, Dante sospecha que su significado real es otro, y cree que un día él podría ser todo lo que se interpusiera entre el ahora indefenso Emperador, enterrado en el Trono Dorado, y aquellos que desean destruirlo. El Comandante Dante desea sobrevivir el tiempo suficiente hasta que pueda cumplir con su deber final.

Batalla por Antax

De todos los planetas del Sector Vidar que podrían haber caído en manos del ¡Waaagh! de Mekánikoz Pizatripaz, Antax era el peor. Como uno de los principales Mundos Forja del Sector, era un sueño hecho realidad para cualquier Zakeador Orko: un lugar atiborrado desde sus catacumbas hasta su estación orbital con todo tipo de tecnología arcana, por no mencionar los estantes llenos con miles de enormes armas de disparo. Incluso teniendo en cuenta que una buena proporción del armamento que los Orkos lograsen robar acabaría sin duda destruido por los Mekánikoz (debido entre otras cosas a su método de experimentar fusionando varias armas en una, para ver qué ocurre), la caída de Antax fue una catástrofe para el Imperio.
Las líneas de suministro de centenares de Regimientos de la Guardia Imperial y de una docena de Capítulos de Marines Espaciales quedaron cortadas, y además el enemigo iba a poder usar esas mismas armas contra sus legítimos dueños. Así pues, el Capitán Aphael de los Ángeles Sangrientos decidió responder, y pese a que sus Hermanos de Batalla estaban muy desgastados tras haber tomado parte en la batalla contra el Mundo Artificial Necrón, abortó su viaje de vuelta a casa y puso rumbo hacia Antax.
Cuando la Barcaza de Batalla Filo de Venganza y su Crucero de escolta llegaron a la órbita del Mundo Forja, en seguida se hizo evidente a ojos de los Ángeles Sangrientos que la batalla había alcanzado una escala cataclísmica. La atmósfera exterior del planeta estaba anegada por los negruzcos restos de incontables naves espaciales a la deriva, algunas pertenecientes a la flota de defensa de Antax, otras claramente de manufactura Orka.
Las naves pielesverdes destruidas eran muchas más que las de la flota del Adeptus Mechanicus, lo cual significaba que los defensores de Antax se habían batido bien antes de ser masacrados. Al parecer, las únicas naves Orkas supervivientes habían aterrizado en el planeta, o bien se habían estrellado, a poca distancia de las enormes torres de la Forja Prime del Adeptus Mechanicus (un objetivo demasiado goloso para dejarlo pasar). En respuesta a las órdenes de Aphael, la Filo de Venganza varió su órbita en torno al planeta y descargó un cegador bombardeo que hizo trizas a las naves Orkas estacionadas en la superficie.
Los cielos eran ahora de los Ángeles Sangrientos
Apenas los cañones de la Barcaza de Batalla quedaron en silencio, Aphael reunió a sus Sargentos de alto rango y preparó un plan de ataque. No se había recibido ninguna comunicación que indicase la presencia de supervivientes del Adeptus Mechanicus en Antax, pero aún así la orden de Exterminatus sólo podía ser considerada como un último recurso, ya que los tesoros tecnológicos almacenados en las bóvedas del Mundo Forja eran demasiado valiosos para ser destruídos a la ligera.
Por tanto, los Orkos deberían ser erradicados del planeta uno a uno, aunque su número superaba las decenas de miles y los Ángeles Sangrientos no eran más que unos pocos centenares. No obstante, por suerte para el Imperio, el ¡Waaagh! se había separado. La única horda de gran tamaño permanecía estacionada alrededor de la Forja Prime, mientras que el resto de Orkos estaban diseminados en multitud de partidas de guerra, que recorrían la superficie de Antax en busca de tecnología que poder saquear.
Contra las partidas de guerra más pequeñas, Aphael envió a la mitad de sus Hermanos de Batalla, organizados en destacamentos de diez hombres y apoyados por las Cañoneras Stormraven. Sin embargo, el combate real tendría lugar en las sobras de la Forja Prime. La numerosa presencia de Orkos en esa zona parecía sugerir o que algunos de los defensores de Antax seguían vivos en aquel lugar, o que allí había algo especialmente valioso, y que por tanto merecía ser preservado por el grueso d elas tropas Orkas. Fuera como fuese, los Ángeles Sangrientos no podían arriesgarse a lanzar más bombardeos orbitales.
La batalla por Antax tendría que dirimirse cuerpo a cuerpo.
Sin perder tiempo, Aphael y sus guerreros restantes empezaron su asalto con Cápsulas de Desembarco, cayendo sobre las defensas de los Orkos como rayos desde un cielo tormentoso. El bombardeo orbitala seguraba que, si bien los pieles verdes no serían sorprendidos por el ataque de los Ángeles Sangrientos, tampoco tendrían tiempo para prepararse contra el asalto aéreo, ya que entre el último disparo desde la órbita y el atearrizaje de la primera cápsula de Desembarco sólo transcurrieron unos pocos minutos. Pizatripaz no había podido siquiera llamar al órden a sus tropas, cuando las escotillas de las Cápsulas de Desembarco se abrieron y una lluvia de de fuego de bolter empezó a liquidar pielesverdes a buen ritmo.
Aprovechando la confusión, los Ángeles Sangrientos se lanzaron hacia delante por entre las losas rotas y las estatuas derribadas que rodeaban el complejo de Forja Prime, mientras machacaban a sus enemigos. En aquellos primeros instantes de la batalla centenares de orkos cayeron presa de la furia de los Ángeles Sangrientos, pero entonces Pizatripaz lanzó su contraataque. Con un gutural estruendo que hizo temblar todo el campo de batalla, las puertas de la Forja Prime se abrieron de par en par para dejar salir una oleada de pielesverdes. El propio Pizatripaz mandaba a ésta nueva horda desde el puente de mando de su Karro de Guerra, y rodeado de su guardia personal de Noblez kon MegaArmadura, que avanzaban impávidos hacia la tormenta de disparos de bólter.
Fue entonces cuando el plan de Aphael estuvo a punto de irse al traste. Al ver la horda que se les echaba encima, la Escuadra de Devastadores Atreon sucumbió a la Sed de Sangre, dejando caer sus Bólteres pesados y cargando de cabeza contra los orkos, sólo para ser tragados por la marea verde. Aphael maldijo para sus adentros al ver caer a sus Hermanos de Batalla, ya que la pérdida de la potencia de fuego de la Escuadra Atreon podía ser el factor que decantase el curso de la batalla. Aún peor, el propio Capitán podía sentir en su interior la incipiente llamada de la Sed de Sangre, el amargo sabor en su garganta, la incipiente furia de batalla poniendo a prueba su autocontrol en cada acción que emprendía.
Dominando el demonio que bullía dentro de sí mediante la pura fuerza de voluntad, Aphael reorganizó sus fuerzas para hacer frente a esta nueva amenaza. A cada momento más y más hermanos de batalla caían presas de la Sed de Sangre, y pese a que cada uno de ellos se llevaba por delante a un buen número de Orkos antes de sucumbir a la muerte o a las herdias, los pielesverdes eran muchísimos, y los Marines Espaciales eran muy pocos.
Las pilas de muerrtos y heridos seguían aumentando en ambos bandos, y Pizatripaz estaba llegando ya al combate acompañado por su guardia personal, listos para aplastar al molesto Capitán de los Ángeles Sangrientos que se interponía en su camino.
Pero entonces, Aphael echó mano de un último truco maestro.
En la vigilia del enfrentamiento contra el Motor del Mundo Necrón, cerca de una docena de Hermanos de Batalla habían sucumbido a la Rabia Negra, sus mentes racionales subsumidas por los horrores de la caída de Sanguinius. En cualquier otro enfrentamiento, éstos Ángeles Sangrientos perdidos habrían formado la Compañía de la Muerte de la fuerza de combate, operando como punta de lanza de los asaltos de Aphael.
Pero el papel de los Ángekles Sangrientos en ésa batalla se había circunscrito al combate entre naves espaciales, con lo cual no había surgido oportunidad para que la Compañía de la muerte cumpliese con su destino final en un estallido de gloria. Por lo tanto, Aphael había ordenado que aquellos que estaban afligidos por éste mal fuesen puestos en éxtasis, de modo que su sacrificio pudiese aprovecharse en una hora de necesidad para el Capítulo; y ésa hora acababa de llegar.
Ya antes de que Aphael abandonase la Barcaza de batalla, los Sacerdotes Sangrientos habían roto los sellos de las cámaras de éxtasis y llevado a cabo los ritos de renovación para despertar a la Compañía de la Muerte.
Ésta nueva tropa fue puesta bajo el mando de los Capellanes de la Compañía de la fuerza de combate, y embarcada a bordo de la Stormraven Gloria Roja. Además, la Compañía de la Muerte no lucharía sola: mientras los Sacerdotes Sanginarios despertaban a éstos guerreros malditos, en las entrañas de la nave Filo de Venganza los Tecnomarines sincronizaban sus mentes para revivir a un personaje muerto hacía largo tiempo: El mítico Dreadnought de la Compañía de la Muerte, Moriar el Elegido. Susurrando una serie de himnos y salmos de despertar y revitalización, los Tecnomarines disiparon la niebla que mantenía adormecida la enloquecida mente de Moriar, mientras cargaban su estructura de adamantio con todo tipo de armas de guerra, y oficiaban para él los sacramentos de sacrificio. Por tanto, cuando el Stormraven Gloria Roja despegó de los hangares de la Filo de Venganza, lo hizo llevando a bordo a una Compañía de la Muerte completa, y al temible Morial colgando bajo sus alas.
La Gloria Roja atacó sin previo aviso, cayendo desde las alturas como un ángel vengador. En su primera pasada, disparó los misiles acoplados bajo sus alas, que impactaron directamente al Karro de Guerra de Pizatripaz, convirtiendolo en un montón de fragmentos de metal incandescentes y mandando al furioso Kaudillo orko a volar una buena distancia. En la segunda pasada, centró la furia de sus Bólteres Huracán y sus Cañones de Asalto en la horda de pieles verdes, machacando orkos a izquierda y derecha y alejándose luego hasta estar fuera del alcance del fuego de respuesta enemigo. En su tercera pasada, las escotillas de la Cañonera se abrieron a baja altura, los agarres que sujetaban a Moriar se soltaron, y la Compañía de la Muerte se dejó caer hacia el fragor de la batalla.
La Compañía de la Muerte estaba en desventaja numérica, rodeada por el enemigo y sin esperanza de sobrevivir. Sin embargo, tanto la esperanza como la supervivencia eran conceptos que a éstas alturas ya estaban más allá de su entendimiento. Empezaron a rajar y a sajar Orkos con sus espadas sierra y sus armas de energía, y cuando esas armas se perdieron o quedaron inservibles, siguieron atacando a los pieles verdes con sus propias manos, e incluso a dentelladas.
Heridas que serían mortales para cualquier otro marine espacial sólo conseguían ralentizar momentaneamente a los integrantes de la Compañía de la Muerte. Los Orkos de Pizatripaz, que nunca antes se habían enfrentado a un enemigo tan temerario y encolerizado, entraron en pánico y empezaron a arrollarse unos a otros en su intento de escapar de la ira de aquellos salvajes guerreros cuya armadura estaba completamente bañada por la verdosa sangre de los Chicoz. Durante un instante, la escolta en MegaArmadura del Kaudillo Pizatripaz logró frenar el avance de la Compañía de la Muerte (ni siquiera la fuerza sobrehumana que les proporcionaba su furia asesina era capaz de penetrar el blindaje de los noblez) pero entonces Moriar cargó hacia ellos con su cuerpo forrado de Adamantio, haciéndolos picadillo con sus poderosos golpes.
Al ver como la Compañía de la Muerte destrozaba el contraataque de Pizatripaz, el resto de los Ángeles Sangrientos redoblaron sus esfuerzos. Con un temible rugido de liberación, Aphael sucumbió finalmente a la cólera de la batalla que le reconcomía el alma. Aquél ya no era un momento para estrategias conservadoras y detallistas, sino para la rabia liberada. El Capitán cargó contra el enemigo a través de un suelo anegado de sangre, y los demás Hijos de Sanguinius respondieron a su grito de guerra y le siguieron, surgiendo de sus posiciones defensirvas para abalanzarse contra los estupefactos orkos, convirtiendo la aparente debilidad de la Sed de Sangre en una ventaja de combate, en una fuente de fuerza interior.
El Kaudillo Pizatripaz, viendo que sus sueños de saqueo y riqueza se convertían súbitamente en una pesadilla de muerte y dolor, pidió más refuerzos, pero el resto de destacamentos de Aphael había hecho a la perfección su trabajo y todas las partidas de guerra Orkas habían sido aniquiladas o estaban demasiado ocupadas luchando por su vida. Todas las tropas de que disponía el Kaudillo estaban ya trabadas en combate, luchando y muriendo en torno a él. Para cuando Pizatripaz fue finalmente abatido, partido en dos por el propio Moriar, el ¡Waaagh! había perdido ya toda su fuerza. Menos de una hora después, con la Sed de Sangre por fin aplacada y todos los orkos muertos, se pudo iniciar la búsqueda de supervivientes. Antax pertenecía de nuevo al Imperio

Sangre en Khartas

El Crucero de Batalla de los Ángeles Sangrientos Puño de Baal volvía de una campaña en el sector Wotan, cuando recibió una llamada de alerta. El planeta Khartas no era ni mucho menos la joya más resplandeciente de la corona del Imperio, (las Guerras de Perdición, ocurridas un siglo atrás, habían dejado buena parte de su hamisferio norte destruido y sin vida), pero sí que era un proveedor de material bélico demasiado importante como para dejarlo a merced de los piratas. Por tanto, el capitán Abel Zorael ordenó al Puño de Baal poner rumbo a Khartas y acudir en ayuda del planeta.


Ya sea por buena planificación estratégica o por pura suerte, el caso es que el puño de Baal emergió del espacio disforme prácticamente encima de la flota pirata, sus salvas de babor y estribor aniquilando a varias naves antes de enzarzarse en combate singular con la nave capitular enemiga, la Carcajada de Muerte. El crucero de batalla pirata no aguantó mucho más que sus camaradas: la primera andanada de los Ángeles Sangrientos inutilizó sus sistemas de armamento, mientras que la segunda destrozó sus motores. Desprovista de toda su capacidad para navegar, la Carcajada de Muerte quedó atrapada en la órbita gravitatoria de Khartas hasta que entró en fuga y se dirigió hacia la atmósfera del planeta en un estado semi-incandescente, paca acabar impactando con fuerza entre las ruinas de una de las cuidades de su hemisferio norte. El Capitán Zorael no quería que ningún pirata sobreviviese para volver a amenazar Khartas en el futuro, así que descendió a la superficie con tres escuadras de los Ángeles Sangrientos. Sin embargo, lo que prometía ser una sencilla misión de busqueda y destrucción se convirtió rápidamente en algo mucho más serio.

El motor de disformidad de la Carcajada de Muerte había quedado muy dañado, pero no estaba completamente destruído. Aunque sus colosales generadores nunca más volverían a mover la nave por el Espacio Disforme, el impacto contra la superficie del planeta los hizo entrar en funcionamiento de forma errática e inestable. Fuera de control, la torrencial energía de la Disformidad abrió una brecha en el mundo real, creando un portal hacia las terroríficas tierras demoníacas del Caos. Zoran había acertado plenamente al asumir que muchos tripulantes de la Carcajada de Muerte habrían sobrevivido al siniestro, pero ninguno d eellos pudo disfrutar de sus alvación mucho tiempo, pues la horda demoníaca que ya estaba cruzando el portal acabó con ellos en segundos.


En seguida, el Capitán Zorael recibió la primera indicación de que algo iba mal. Cuando sus cañoneras Stormraven iniciaban el acercamiento final a la zona de impacto, se desató una tormenta de aspecto completamente antinatural, que empezó a azotar a las naves con vientos huracanados y descargas de rayos rojizos. Una a una, sus motores aullando por el esfuerzo de luchar contra los elementos, las Stormraven cayeron a tierra. Los Ángeles Sangrientos supervivientes salieron de entre los dañados restos de los transportes, y se encontraron desperdigados y varados en medio de una ciudad rebosante de Desangradores. Gritando a pleno pulmón para ser oído por encima del tronar de la tormenta, Zorael ordenó a sus Hermanos de Batalla que se reagruparan en la relativa seguridad de unas cercanas ruinas. De pronto, los Desangradores repararon en la presencia de presas frescas entre ellos, y emitieron al unísono un ensordecedor aullido. En respuesta, los Ángeels Sangrientos empezaron a tocar la melodía mortal de sus bólteres, abriéndose camino a sangre y fuego hasta el punto elegido como refugio defensivo.
Pero por encima del tronar de los Bólteres se oyó un tercer ruido aún más potente y espantoso: el rugido de un monstruoso Devorador de Almas que descendía planeando sobre el campo de batalla.

Aquel no era un Devorador de Almas "cualquiera", sino el propio Ka'Bandha en toda su gloria, el primero de entre los súbditos de Khorne, y heredero de unos poderes y una estatura que triplicaban los de cualquier otro Gran Demonio del Dios de la Sangre. En tiempos pasados, había sido Ka'Bandha quién había dejado lisiado a Sanguinius en los campos de batalla de Signus Prime, quién había aniquilado por sí solo los nueve mundos de Koros. En los días finales de la Herejía de Horus, fue Ka'Bandha quién se enfrentó a Sanguinius ante el Palacio del Emperador. Aquel día fue el Primarca quién derrotó al Gran Demonio, rompiéndole la espalda y dejando caer al suelo su cuerpo inerte.
Pero Ka'Bandha era de estirpe demoníaca, y ni siquiera los golpes del gran Sanguinius podían acabar con él para siempre. En todas las eras de la galaxia, ninguna otra criatura había reclamado más cráneos para el Dios de la Sangre. Ka'Bandha era la muerte personificada. Aún así, Zorael ni siquiera parpadeó en su presencia: se limitó a lanzar su grito de batalla y cargar contra la gigantesca entidad del Caos.


Zorael descargó dos golpes seguidos sobre su demoníaco adversario. O quizás fueron tres, pero no más. En respuesta, le hacha del Devorador de Almas, con sus impías runas emitiendo un resplandor carmesí, descendió sobre Zorael con una única y masiva descarga.
Zorael alzó su espada para intentar parar el ataque, pero el hacha de Ka'Bandha se había forjado en la Disformidad misma y no podía ser frenada por ningún arma mortal, ni siquiera una reliquia de los Ángeles Sangrientos. El hachazo partió en dos la espada de Zorael y atravesó limpiamente su armadura para clavarse profundamente en sus carnes. El estupefacto y mortalmente herido Capitán cayó de rodillas, indefenso ante el Gran Demonio. Ka'Bandha se inclinó sobre su enemigo, extendió su mano y, con gran facilidad, lo decapitó. Con un rugido de victoria, Ka'Bandha alzó su trofeo su trofeo en alto durante un momento, antes de llevarlo hasta su ansiosa boca y convertirlo en pulpa entre sus monstruosos dientes.


Con la muerte de su Capitán, el desánimo amenazó con cundir entre los Ángeles Sangrientos supervivientes. Si ni el más poderoso entre ellos había sido capaz de frenar al salvaje Devorador de Almas, ¿qué esperanzas de victoria podían albergar los demás?
Quizás se hubiese podido lanzar más armamento pesado contra él, pero las posiciones de los Devastadores ya habían sido superadas, y a ésas alturas los integrantes de dichas escuadras estaban o muertos o luchando en brutal cuerpo a cuerpo, en lo alto de un terramplén formado por los cadáveres de sus Hermanos de Batalla. Rescatarlos era imposible, ya que la misma tormenta demoniaca que había derribado los Stormravens dejaría fuera de combate a cualquier otra nave que intentase alzar el vuelo. En aquellas desesperadas circunstancias, guerreros menos decididos seguramente habrían bajado los brazos, pero aquellos eran Marines Espaciales de los Ángeles Sangrientos, los hijos del honorable Sanguinius. Sus antepasados habían luchado junto al Emperador en el día más negro de la Humanidad, y la memoria de aquella jornada merecía ser honrada hasta la última gota de sangre. En un instante, la sombra del desánimo desapareció de sus corazones, viéndose reemplazada por una determinación absoluta.
Los bólteres rugieron una vez más triturando a oleada tras oleada de Desangradores, e incluso los Hermanos de Batalla que estaban atrapados en la lucha cuerpo a cuerpo dieron súbitamente muestras de una furia de batalla a la que ni siquiera los aberrantes Demonios surgidos de la Disformidad eran capaces de hacer frente.


Lamentablemente, toda ésta energía renovada no era suficiente para alterar el curso de la batalla, tan sólo podía prolongarlo. Los Ángeles Sangrientos eran pocos, mientras que los Demonios eran una horda incontable, que seguía sumando nuevos efectivos que se colaban por decenas por el portal de Disformidad generado por los motores de la Carcajada de Muerte. Ka'Bandha, aún ansioso de hacerse con más cráneos enemigos, se lanzó una vez más a la refriega. Tras alzar el vuelo, oteó el campo de batalla hasta fijar su atención en el punto de mayor resistencia de los Marines Espaciales: una posición defensiva entre las ruinas de un templo imperial, donde un puñado de Ángeles Sangrientos habían logrado hasta ése momento rechazar todos los ataques lanzados contra ellos.
Ka'Bandha batió sus poderosas alas aún más fuerte a través de la tormenta, buscando el mejor punto desde el que lanzarse en picado sobre sus presas. Pero de pronto, cuando el Devorador de Almas se encontraba en su punto más elevado de ascenso, todo cambió.
Una figura dorada cayó de los cielos como un meteorito, chocando contra la figura de Ka'Bandha con una fuerza demoledora. Sanguinor protector de los Ángeles Sangrientos, había llegado.
Tan devastador fue el impacto del Sanguinor que ni siquiera las robustas alas de Ka'Bandha fueron capaces de mantenerlo en el aire. El Ángel y el Demonio se enredaron y cayeron al suelo con una fuerza increíble, su impacto abriendo una nueva y amplia brecha que cruzaba las ruinas. En cuanto ambos adversarios recuperaron el resuello, empezaron su titánico combate. A primera vista parecía un duelo algo más justo que el que acababa de librar el Devorador de Almas. Ka'Bandha se había llevado la peor parte de la caída, sus alas habían quedado muy maltrechas por el impacto, a lo cual había que unir las heridas que le había infligido Zorael.
Pero aún así Ka'Bandha seguía siendo un oponente terrible, el más mortífero d euna salvaje estirpe. Al lado de su imponente aspecto muscular, el Sanguinor parecía una figura insignificante, una pequeña vela de luz y esperanza a punto de ser sofocada por una gran ola de sangre y oscuridad. Y aún así el alado guerrero de los Ángeles Sangrientos se mantenía firme y ergido en su brillante armadura dorada.


El Sanguinor contaba con la ventaja de ser mucho más ágil y rápido que su enemigo, y lograba grácilmente evadir cada golpe del hacha de Ka'Bandha, casi como si se supiera de memoria todas las maniobras de combate del Gran Demonio. Por cada ataque que esquivaba, el Sanguinor lanzaba un contraataque que penetraba profundamente la impía carne de Ka'Bandha. El oscuro icor que era la sangre del Devorador de Almas humeaba y burbujeaba al entrar en contacto con el aire. Gritando de rabia y dolor, Ka'Bandha decidió atacar con su látigo de púas. El arma impactó con escalofriante puntería, cerrándose en torno a la garganta del Sanguinor, lo cual permitió al Devorador de Almas mantener atrapado a su enemigo el tiempo suficiente para descargar sobre él un hachazo tan descomunal que el arma de Ka'Bandha se resquebrajó en una lluvia de fragmentos rojizos, mientras el Sanguinor salió despedido atravesando un muro de ferrocemento.
Sin embargo, en cuestión de segundos el dorado ángel volvía a estar en pie, su armadura deformada y medio fundida en el punto donde había sido impactada por el hacha, pero aparte de éso incólume. El látigo de Ka'Bandha golpeó de nuevo, pero ésta vez el Sanguinor fue capaz de agarrar la cola del arma al vuelo con su mano enguantada.
Aunque la fuerza del impacto lo derribó igualmente de rodillas, pudo golpear con su espada para cortar el látigo cerca del mango. Aprovechando la ventaja momentánea con la que contaba, el Sanguinor se lanzó hacia delante con todas sus fuerzas, clavando su espada en el pecho de Ka'Bandha. pero éso tampoco sirvió para matar al Demonio, que soltó un simple rugido y lanzó otra vez al Sanguinor por los aires mediante un despectivo golpe con el dorso de su mano.
Ahora, ambos contendientes estaban desarmados: el hacha y el látigo del Devorador de Almas habían quedado inservibles, mientras que la espada del Sanguinor permanecía firmemente clavada en el cuerpo del Demonio.
Los dos estaban malheridos y agotados, el Sanguinor emitiendo una luz más mortecina de lo normal, y el masivo Ka'Bandha supurando sangre demoníaca por sus muchas heridas. En un último y desesperado gambito, el Sanguinor encendió sus retrorreactores y se lanzó volando de cabeza contra el Devorador de Almas, cerrando una de sus manos alrededor del pomo de su encallada espada, y agarrándose con la otra a la rmadura de la criatura. Tras eso cambió de dirección y ascendió hacia el cielo llevandose con él a su oponente, forzando hasta el límite la potencia de sus retroreactores y soportando los golpes de Ka'Bandha lo mejor que podía.
Los dos guerreros siguieron subiendo y subiendo, hasta atravesar la furia de la tormenta demoníaca y llegar a ésa zona en la que el aire y la fuerza de la gravedad empiezan a escasear. Una vez allí, el Sanguinor se soltó de la armadura del Demonio, cerró ambas manos en torno al mango de su espada y plantó ambos pies sobre el pecho de Ka'Bandha, tirando hasta liberar el arma.
El Gran Demonio, al no estar ya sujeto por el Sanguinor y con las alas totalmente inservibles por las heridas sufridas, se desplomó desde los cielos, ganando velocidad a medida que la fuerza de la gravedad lo reclamaba cada vez con más ímpetu. Se dice que su impacto final contra la superficie pudo oírse en todos los rincones del planeta.
Con su cuerpo completamente destrozado, el alma de Ka'Bandha lo abandonó y se arrastró de nuevo al plano del Caos, para postrarse ante su terrible amo, que le esperaba sentado en el Trono de Cráneos.


La sangre de Ka'Bandha no fue la única que la espada del Sanguinor probó aquel día. Deslizándose a baja altura sobre el campo de batalla, consiguió que la horda de Desangradores se alejase momentáneamente de sus Hermanos de Batalla. Tras haberles conseguido este pequeño respiro, el Sanguinor los arengó rápidamente con su voz clara e imponente, para convencerles de que llevaran a cabo un último esfuerzo en pos de la victoria. Los Marines Espaciales, inspirados por la fuerza y la nobleza del Sanguinor, atacaron una vez más, abriéndose paso hasta los restos del accidentado Crucero de Batalla cuyo motor de Disformidad había literalmente desatado el infierno contra ellos. Gracias a unas cuantas Bombas de Fusión, tanto el motor de Disformidad como el portal al que alimentaba se silenciaron para siempre.


En cuanto a la tormenta demoníaca, desde la muerte de Ka'Bandha había ido amainando, y en poco tiempo las cañoneras imperiales pudieron empezar a descender al planeeta para rescatar a los supervivientes y recoger a los muertos. De los treinta Marines Espaciales que habían lanzado la invasión planetaria en Khartas, sólo seis vivirían para luchar otro día.
¿Y qué había sido del Sanguinor? En los momentos finales dela contienda desapareció sin dejar rastro, tan misteriosamente como había llegado. Nadie entre los supervivientes creía que hubiese muerto, si bien tampoco tenían ninguna prueba tangible de que estuviese vivo. En realidad, pasarían muchos años antes de que su imponente figura fuese vista de nuevo...


sábado, 8 de septiembre de 2012

Gabriel Seth

El Maestre Seth ha estado al frente del capítulo de los Desgarradores de Carne durante los últimos cien años. En este tiempo ha experimentado muchas grandes victorias, pero también ha visto a demasiados de sus hermanos de batalla caer victimas de la Rabia Negra. Ha desarrollado una notable animadversión hacia la mayoría de ejércitos imperiales con los que ha luchado. Los Comandantes de la Guardia Imperial y de las Adeptas Sororitas a menudo son simplemente ignorados, mientras que los Marines de otros Capítulos se frustran al comprobar el impetuoso deseo de Seth por destruir a todos los enemigos de manera instantánea.
En batalla, Seth siempre marcha en primera línea de combate junto a sus hombres y los guía en increíbles actos de violencia y salvajismo. Cuando la presencia de los Desgarradores de Carne sobre el campo de batalla no es necesaria, se vuelve taciturno y malhumorado, pues se preocupa por la perdición que espera a su Capítulo, de la que él tiene certeza de que es imposible escapar.

Gabriel Seth se convirtió en el Señor de los Desgarradores en un momento en el que dicho Capítulo estaba al borde de la desaparición. Milenios de salvajismo sin control habían convertido a los Desgarradores en unos marginados, que generaban desconfianza en la mayoría de fuerzas de combate del Imperio. Para los demás Capítulos de Marines Espaciales, los Desgarradores estaban apenas a un paso de convertirse en renegados, y hasta la Inquisición quería investigarlos.
Aún peor, las mutaciones en la semilla genética de los Desgarradores hablan exacerbado la maldición de Sanguinius, incrementando la incidencia de la Rabia Negra. Incluso aquellos Desgarradores lo bastante afortunados como para escapar a la Rabia Negra se acababan viendo dominados por una furia sangrienta que inevitablemente les costaba un gran número de bajas innecesarias cada vez que el Capitulo iba a la guerra.
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Bajo el liderazgo de Seth, el planeta Cretacia, mundo capitular de los Desgarradores, fue convertido en poco más que una masiva armería automatizada y centro de reclutamiento. La mayor parte del tiempo, el grueso de las fuerzas del Capítulo están fuera del planeta, llevando a cabo rutas de patrulla describiendo grandes arcos a través de los sistemas Segmentus Ultima y Tempestus, mientras los Bibliotecarios rastrean el éter en busca de llamadas astropáticas pidiendo ayuda. Por tanto, no es extraño que los Desangradores suelan formar parte de la primera oleada de refuerzos que lleguen a un planeta en guerra, con el propio Seth liderando acciones de abordaje sobre las naves de bloqueo enemigas, o contraataques sobre las zonas de desembarco antes de que el enemigo pueda establecer la más mínima cabeza de puente
Seth es consciente de que no hay modo de mitigar o restringir el ansia de sangre de sus Hermanos de Batalla, y de hecho él mismo es tan vulnerable como los demás a dicho mal. No obstante, cuando consiguen ser de los primeros en lanzarse a una batalla, y combatir aislados de otras fuerzas de su mismo bando, consiguen disimular bastante bien incluso sus peores excesos (por ejemplo, los daños colaterales entre aliados) que años atrás eran la "marca de la casa" de los asaltos llevados a cabo por el Capítulo. Ahora, mundos enteros que renegaban completamente de los Desgarradores los adoran como a sus salvadores, y a Seth como al portador de dicha salvación.
Aún es demasiado pronto para saber si la estrategia de Seth acabará dando frutos, si los Desgarradores podrán recuperar su lugar en el panteón de honorables defensores del Imperio del Hombre. Pese a sus intenciones, Seth ha hecho en realidad muy poco por paliar la desconfianza de sus críticos más acérrimos, que tienen demasiado frescos en la memoria los numerosos planes que se han visto frustrados debido a los impetuosos y temerarios asaltos de los Desgarradores. Sin embargo, para el Señor del Capítulo estas consideraciones tienen muy poca importancia, porque en su corazón nunca ha abandonado la esperanza de que el Capítulo pueda de algún modo milagroso salvarse de la desaparición. Se trata de una esperanza posiblemente vana, pero al fin y al cabo sólo el tiempo acabará dictando qué destino espera a los Desgarradores.